Nada que hacer

6. Nada que hacer

 

Se siguieron viendo durante semanas. Siempre en la misma esquina, a una cuadra del hospital y de ahí se iban a su departamento. Hacer el amor era natural, un proceso incendiario lento. Tenía el mismo ritmo, la misma cadencia que podría tener encender un papel. La combustión era leve y estaba plagada de desplazamientos lentos, algunas veces rápidos, pero era sólo una ilusión, la misma que le daba el ímpetu de la culminación. Marie abría los ojos e intentaba iniciar un diálogo de frases cortas, que él le dijera algo dulce. Muñoz en cambio guardaba silencio para no interrumpirse y la combustión fuera lenta y en ese reposo (esa ilusión de estar inmóvil sobre una montaña o encrespado sobre una ola) ser cada vez más volátil. Luego, a su lado, intentaba un diálogo que los uniera en otro plano.

 

–¿Nunca has sentido que estás en el lugar equivocado? Y que a pesar de saberlo no puedes hacer nada para cambiar esa situación –preguntó Muñoz, pero se interrumpió al ver el rostro de sorpresa de Marie. Se acercó al velador y cogió un cigarro que Muñoz encendió–. Para ponerlo más simple, ¿nunca has sentido que has nacido en el país equivocado, rodeado de las personas incorrectas, haberte criado con la familia incorrecta, haberte casado y amar a la mujer equivocada, estar en el lugar equivocado? En suma, vivir la vida equivocada y sin embargo sobrevivir.

–Eso me pasa todos los días –respondió Marie dándose vuelta y dejando al descubierto su espalda.

 

Muñoz no se cuestionó ese repentino abandono, como un modo de autodefensa, una forma de eludir una discusión, quizá descubrir algo incómodo que arruinara el momento que ya tenía, o simplemente ese día mantuviera el mismo tono el idilio que desde un par de meses guardaban. Ahora ambos estaban desnudos, vulnerables y, después de ese diálogo, abandonados el uno sobre el otro, y a pesar de todo ausentes.

 

–Si quieres te puedes quedar.

Buscaba en la oscuridad de su piso el traje de la mañana. Con la pasión había deshecho el nudo de la corbata y tardó varios minutos en abotonarse la camisa. Marie no respondió.

 

–¿Puedes ayudarme? –sugirió, pero ella seguía ignorándolo.

 

Muñoz se acercó y la sacudió.

 

–¿Puedes ayudarme?

–No aprendes… ¡Nunca aprenderás! –respondió restregándose los ojos. –Es inútil.

 

Cuántas veces se había propuesto enseñarle a hacerse el nudo de la corbata. Cada vez que lo intentaba fracasaba y Muñoz se sometía a sus recriminaciones. Él que era un doctor, que de su pericia dependían las vidas de tantas personas, no sabía hacerse un ridículo nudo, le llamaba la atención desde la cama. Desnuda, se apretaba contra él, subiendo y bajando, ondulando las caderas, mirándolo a los ojos trazaba con sus manos los lazos que después de dos giros y un apretón armaban el nudo perfecto debajo de la nuez. Después le daba un beso, colgada de su cuello, apretando los senos contra su pecho. ¿Viste? ¡Sin mirar!, exclamaba y corriendo se volvía a esconder entre las sábanas. Muñoz entonces se sentía profundamente inmaduro. Era evidente que existía un motivo interior por el cual nunca había aprendido a hacerse el nudo de la corbata. Quizá como alguna vez le reveló Georgina, era un adolescente: un adolescente anticuado y caprichoso, extremadamente solo, encerrado en su habitación, soñando con alguna mujer que definitivamente no era ella ni su esposa. Ahora que había rebasado los 38, sin embargo, en el fondo, seguía siendo el mismo chico anticuado y caprichoso, extremadamente solo, encerrado ya no en una habitación, sino en un mundo que fungía de hospital, con enfermos y condenados de verdad.

 

Marie le daba oscuramente la razón desde la cama, mientras él se cepillaba los dientes: claro, piensa en un bebé, cierra los ojos, en qué piensas: es puro, libre e inocente, en cambio los adultos son una mezcla de tristeza y fobias. Pero tú no Marie, pensaba Muñoz, tú eres perfecta. La única capaz de quitarme el disfraz de hombre abandonado para salvar al chico solo. Quizá todo es menos complicado que hacerse el nudo de la corbata. A veces elegir el nudo adecuado depende del estado de ánimo o de la facilidad que se tenga en ese momento para complicar el dibujo, el enlace entre un movimiento y el otro. Si se tiene tiempo y pericia, el nudo cruzado es perfecto, porque es elegante, aunque difícil de hacer. Si se tiene una corbata gruesa, de seda tejida, por ejemplo, y un cuello ajustado, el nudo doble simple con su característico segundo pase.

 

Cualquier forma es buena, cualquiera, con tal de que no le hagas un nudo a mi corazón.

 

–¿Tú crees que alguna vez tomen el poder?

–¿Eso te parece importante?

–Sí.

–¿Por qué?

–Cómo que por qué.

–¿Por qué te parece importante?

–De eso dependen nuestras vidas.

–¿Estás segura? ¿Realmente crees eso?

–Sí.

–Pues sí. Sería lo lógico.

–¿Te parece lógico lo que hace esa gente?

–Sí, es parte de la lógica de nuestra historia. Algo racional. Lógico, como una secuencia.

–¿Una secuencia? –preguntó admirada.

–Matemática pura.

–Déjate de bromas.

–No es broma. Es matemática. Es medicina. A veces la gente piensa que la vida está llena de cosas raras, que es absurda, que no tiene sentido. Pero es mentira. Las cosas suceden con una lógica monstruosa. Eso es lo realmente confuso. Porque en verdad no tiene nada de absurdo ni está llena de cosas raras… ¿Qué?

–No, nada, sigue –balbuceó admirada.

–Mi mujer me dejó. ¿Por qué?

–Sí, por qué.

–Porque inició mal, todo estuvo mal desde el inicio. Tenía algo malo adentro. Estaba harto y ella estaba harta de mí. Quizá incluso empecé a desear que se fuera… Hasta que un día se fue, –hizo una pausa–: ten cuidado con lo que deseas. Ten mucho cuidado –dijo bajando la voz, como si le hiciera una confidencia. –Siempre tiene que ver con eso, siempre. Lo lógico era que me dejara. Las secuencias de números son lógicas. La medicina es lógica. Si comes algo malo, te enfermas. Las operaciones son exactas. Pura lógica. Causa, efecto. No hay nada más lógico que la vida. Nada más lógico que el cuerpo. Históricamente, como en una secuencia, este país ha andado mal, lo lógico era que aparecieran estas cosas. Una enfermedad. Incluso crónica. Ese sería mi diagnóstico. Lo malo es que las enfermedades nunca son lógicas. Cada nuevo rebrote tiene su propia estructura, lo cual la hace más peligrosa.

–¿Y yo qué soy?

–Tú eres la panacea.

 

Minutos después Marie se iba luego de cocinarle algo al momento. Se marchaba, siempre presurosa antes que él, con esa leve carga de culpa que aunque Muñoz creía comprender, nunca entendió del todo. Le ofrecía llevarla, pero Marie se negaba o aceptaba con una sonrisa maniaca que trataba de disimular cuando le amenazaba que la dejara a mitad de camino, porque sino ella se bajaba así el auto estuviera en movimiento. Abría la puerta de modo intempestivo cuando Muñoz reía incrédulo. Frenaba en medio del tránsito y le gritaba que estaba loca. Marie se bajaba, él la seguía unas cuadras. Incluso llegó a amenazarlo: si continúas detrás de mí, llamo a la policía. Les diré que eres uno de ellos, ¿me has entendido? No es broma. Déjame ir o te juro que no me vuelves a ver nunca más. Muñoz frenó de modo intempestivo y la vio introducirse en la oscuridad. Abandono, retumbaba en su cabeza. Tres días después cuando Muñoz buscó una explicación, ella evadió el tema hasta que estuvo claro que él no la dejaría en paz.

 

–Sólo una cosa voy a decir sobre lo de esa noche. No tienes ningún derecho sobre mí. Te amo, pero yo decido qué tienes derecho a saber y que no. Si vuelves a asediarme con tu curiosidad, entonces no vuelves a saber nada más de mí nunca más. Te olvidas que alguna vez me conociste y simplemente desaparezco.

 

Ante esa nueva revelación, todas sus antiguas aspiraciones caían una a una. Podía aceptar el hecho de que la necesitaba y que podía deponer su legítimo derecho a saber qué cosa estaba amando. O simplemente aceptar que con esa simple afirmación, estaba empezando a perderla. Entonces tenía cierta artificialidad volver sobre el tema de viajar a su pueblo, para presentarle a su padre. Le había mentido por teléfono que su mujer había viajado al extranjero y habían decidido divorciarse. Ahora salía con una chiquilla muy linda. Quería volver a iniciar una nueva relación.

 

–Si ése es tu deseo y eres feliz, entonces lo acepto –dijo lacónicamente.

 

Ella le prometió pensar lo del viaje. Ponía como excusa sus clases de secretariado. Se habían reiniciado y no debía dejar de asistir, sino nunca terminaría. Quería independizarse, salir de su casa, quizá se vendría a vivir con él. Marie no quería depender de nadie, por eso trabajaría. Se casarían en una iglesia de pueblo. Sí, en el pueblo de él estaba bien, no habría problemas. Muñoz asentía satisfecho. No, no volvería a cometer los mismos errores, no la asfixiaría con sus ansias, ni dejaría de escuchar sus reclamos, sería todo oídos y toda atención, antepondría todo para que ella fuera feliz. Sería muy claro con Guerra. Le deberían dar un horario fijo. Además, su hijo podría necesitarlo. ¿Su hijo? ¿De dónde salió eso? Estaría presente cuando dijera sus primeras palabras.

 

Otra noche se quedaron en silencio espiando la calle desde la ventana de su departamento. La gente caminaba con la expresión de quien no confía en nadie. El sol empezaba a declinar exorcizando las sombras entre los edificios. Escucharon música en su departamento un par de horas. Bebieron un poco de vino. Cuando se dieron cuenta lo habían acabado. Marie buscaba ya otra botella. Encontró una y siguieron bebiendo en la oscuridad. Bromearon como en los días anteriores e hicieron el amor una vez más, en tinieblas. Recostada a su lado, le dijo después de pasar su mano por el vientre y la cintura que se le veía cada vez mejor. Luego se quedaron profundamente dormidos. Ebrios y desnudos. En la madrugada volvió a sonar el teléfono. Muñoz abrió los ojos sorprendido. Marie resoplaba a su lado. Prefirió no despertarla. El teléfono insistía. Casi ni le dio ganas de levantarse. No quería despertarla. Fue directo a contestar.

 

–Sé que eres tú –respondió sin pensárselo dos veces, la boca pastosa y rancia–. Ya no te amo, no regreses nunca más, ni vuelvas a llamar. Me he enamorado de otra mujer y está durmiendo conmigo.

 

Silencio.

 

–¿Me has entendido? No vuelvas a llamar. Nunca te amé, me hiciste un gran favor yéndote. Déjame en paz –susurró finalmente después de colgar. Se acostó al lado de Marie y la abrazó. Por un instante vio crecer sobre la funda de su almohada una mancha plomiza. Permaneció despierto casi toda noche y cuando planeaba qué podrían hacer toda esa mañana juntos, se durmió.

 

Despertó con el ruido de la ducha. Le quería dar una sorpresa. Todo había acabado. Y ese fantasma que lo atormentaba todas las noches al fin desaparecería.

 

Corrió la cortina de improviso. Ella gritó alterada.

 

–¿Qué te ha sucedido? –preguntó con pavor al ver las manchas cárdenas, en la parte baja de la espalda.

–Nada –respondió volteándose nerviosa y revelando varias más en ambos muslos–. ¡Vete!

–¿Quién te ha hecho eso?

–Nadie. ¡Vete!

–No me voy hasta que me respondas.

–Vete –dijo cogiéndose el vientre–. ¡Sal!

 

Confundido, se sentó sobre la cama. No comprendía. De pronto escuchó que Marie empezaba a vomitar en el baño, sentía las arcadas, pero prefería no moverse, ¿qué podía hacer? Empezó a tejer soluciones y probabilidades. ¿Cómo se pudo hacer eso? Sabe que es muy difícil golpearse así en un accidente. Lo más probable es que sean provocados por alguien. ¿Quién la pudo golpear? ¿Otro amante? ¿Quién es Marie? ¿Qué sabe de Marie? ¿Quién es su padre? ¿En dónde exactamente estudia? ¿Realmente lo ama y desea casarse con él? ¿O todo es una quimera que él se está contando para soportar su abandono?

 

Se abrió la puerta.

 

–¿Qué es eso? ¿Quién te ha hecho daño?

–Ya te lo dije: nadie. Me caí. Tengo que irme… –respondió temblando, casi llorando, aterrada–. Tengo que regresar a casa.

–Vamos, no me engañes. ¿Tienes otro amante? Dímelo, no tengo nada que reprocharte. Tu vida pasada no me importa.

–¡No! ¡No me siento bien! –gritó alterada, a un paso del descontrol.

 

Muñoz la miró un rato, después alargó el brazo hasta el vientre.

 

–Dios, ¡estás embarazada!

 

Marie lo miró despavorida. Rompió a llorar.

 

–Te llevo.

–¡Te he dicho que no!

–¿Qué sucede? –preguntó atorándose–. ¿Quién eres?

 

Marie terminó de vestirse. Cogió su cartera. Le acarició los hombros con ternura, le dio un beso en la frente y salió del departamento a prisa. Muñoz corrió hasta la entrada. Desde el umbral, gritó: ¿me amas?

 

Marie lo atisbó a unos metros, sobre su cabeza, desde la claridad del primer escalón, dispuesta a bajar.

 

–Con todo mi corazón –dijo y de inmediato desapareció por las escaleras.

 

-&&&&&&&-

 

Frede tomó su miembro y lo acarició con amor, lo hizo con delicadeza extrema, con una suavidad tierna, mientras en su imaginación Marie volvía a besarlo en la boca y él la tomaba de su mano y le decía que no, que por favor se fuera con él. Adonde sea, le rogaba Frede para que lo acompañara a alguno de esos hostales baratos con sus letreros averiados a media luz, sus paneles de precios por habitación, su tapizón sucio y húmedo, sus losetas quebradas de colores, sus paredes pintadas con látex, sus tarimas con colchones de dulopillo, sus ceniceros con aureolas negras, su tenue luz, su música pasada de moda.

 

Allí Frede la desnudaba, la besaba largamente, mordiéndole el labio inferior, para sólo dejarle las medias de encaje y los zapatitos de tacón nueve, tendida sobre la cama como una ofrenda. Se ponía sobre ella sintiendo el miembro hinchado de sangre, recorriéndola como un arma blanca sobre uno de sus muslos. Y Marie lo miraba con la misma pasión con la que lo besó antes de perderse en el taxi. Frede era feliz guiando su miembro dentro de ella, preso en la oscuridad de su mano, bailoteando en Marie, como un pececito, encabritándose dentro de ella. Empieza a agitarse, a sacudirse de a pocos, a sentirse vulnerable rodeado de todos sus miedos que nacen de esa oscura disponibilidad, oscilando como lucecitas, relampagueando en el filo de la puerta, o asomando por el techo de su habitación, desparramando su brillo en la cama vacía de Alberto, deslizándose con voluptuosidad sobre el traje de su padre a un lado. Y se posa sobre su cuerpo: primero los tacones de su madre puestos, y los pelitos diminutos ahuecando las medias, abriéndose paso, y sus deditos sobresaliendo de las sandalias. Marie a su lado frotándose contra su cuerpo, a punto de estallar, abriendo la boca, asomando la punta de su lengua, gimiendo extasiada, acariciándose también ella su pezón rosado, cuando ya no puede más. Llevándose a la boca encaprichada un seno, sacudiéndolo dentro de la cavidad, frotándolo contra sus encías, que no lo dejan huir.

 

Frede introduce su lengua, mientras la observa con avaricia, toda su belleza tendida de lado, cuenta su riqueza, y llora penetrándola, llora porque es feliz junto a ella y con su belleza tiene absolutamente todo lo que necesita, con su miembro atrapado entre sus manos, ahogado y morado, como un pez a punto de morir, Frede observa el temblor de su cuerpo, siente alrededor de su pene sus contracciones, como si la vagina de Marie fuera una máquina cercenadora que de pronto fuera a devorar su miembro. Y después siente llegar el chorro inundando la matriz de Marie, acribillándola, flechándola, traspasándola, copando con su jugo todo el interior hasta atiborrarla, sacudiendo sus entrañas con el deseo de su corazón y su imaginación, mientras el órgano se hincha de sangre y palpita, irrigando su cuerpo con felicidad y dicha.

 

Agotado, se limpia los ojos, observa las huellas que ha dejado en la funda de la almohada, las manchas plomas que empiezan a crecer y adquirir formas extrañas. Se desnuda: deja los tacones a un lado y se pone el pijama para de inmediato quedarse dormido. Sueña con Marie. Con su vientre inflamado. Gestando un pequeño ser desarrollándose en ella. Pedazos de su carne y de Marie dividiéndose en su interior, segmentándose, reinventando la vida entre la sangre de ambos. Un vello suave que protege toda su piel traslúcida. Su cerebro que crece de modo veloz, anudando sinapsis que incendian toda su masa gris y desde allí toda esa energía se traslada hasta la punta de los dedos de sus pies. El primer pensamiento de placer batallando en su interior. Un soplo dentro de sus pulmones que se expanden llenando su cuerpo de oxígeno y por primera vez se siente un ser al moverse en la matriz.

 

Esa es la felicidad, piensa Frede muy dentro de su sueño. Se llamará Alberto.

 

Lo despiertan tres golpes dados contra la pared. Está todavía medio dormido cuando nuevamente escucha algo así como un clamor más fuerte, y luego otro golpe un poco más abajo de la cama. Se sienta sobre el colchón y trata de aguzar el oído. Es sólo su padre, piensa. Está en la sala. Escuchando música a todo volumen. Algún vecino se queja. Pero antes de volverse a recostar y dormir, calcula: entonces por qué no de arriba, del techo, o del primer piso, del suelo, por qué justo de la habitación de ella y el viejo, y tan abajo, casi en el suelo, y no en la sala de donde llegaba la música de su padre. Un miedo indefinido se empieza a apoderar de él. El viejo está en casa. Por error, le abrió la puerta con sus ojos malignos en espera de Marie. ¿Qué puede hacer él? ¿Contárselo a su madre? Que olvide por unos segundos a Alberto y le preste atención. Le diría: soy yo mamá, arrancándole la fotografía de su hijo, como si le arrancara el corazón con las manos. ¿Le contaría todo a su padre para que lo reconozca al fin mirándolo a los ojos?

 

Ha empezado a beber todos los días desde lo de Alberto. Su madre nunca está en casa. Se va desde temprano a visitar a su hermana y no regresa hasta muy tarde. Cocina lo estrictamente necesario y sale. La foto de su hermano ha desaparecido de la sala, la de ella también. Sólo puede ver la fotografía de su padre cuando aún tenía el trabajo en la universidad. Ligeramente gordo, muy alto, peinado. Sus alumnos le regalaron una placa recordatoria el día que lo echaron. Al lado: la foto familiar, algo deteriorada y rasgada. Aparecen su padre, Alberto, él y un gran forado donde debía estar su madre. Un hueco.

 

Sale de su cuarto. No puede dormir. Sabe que Marie está en peligro y que su familia se está perdiendo. Su padre se hunde lentamente, su madre cada día está más delgada. Ya no ríe como antes, no bromea, no lo abraza. No comen juntos. Allí está la foto para testimoniar que algún día fueron una familia más o menos feliz. Su padre, un poco ebrio, está en la sala. Parado en una esquina, dándole la espalda, cantando. Ahora lo sabe. No eran golpes. Es su voz. Todavía tiene el esparadrapo en la nariz y sabe que debajo de la camisa tiene una gran venda que rodea el pecho de forma oblicua. Pero más importante: sabe que un hueco todavía más grande lo destroza por dentro.

 

–Baje el volumen –le grita sabiéndolo atrapado en ese limbo que es la embriaguez, después de haberlo subido con su madre por las escaleras y en soledad curarlo en su sillón, sin torta de cumpleaños ni un presente. Todavía recuerda sus amenazas impregnadas de alcohol.

 

El gordo salta asustado. Lo mira un rato adivinando lo que ha dicho.

 

–Baje el volumen. No puedo dormir.

 

Permanece inmóvil. Frede se acerca hasta la radio y baja el volumen. Gustavo se queda en la esquina, mientras él se retira a su cuarto. A medio camino, escucha el volumen nuevamente alto. Regresa furioso. Le repite: baje el volumen, no puedo dormir. Esta vez Gustavo gira con los ojos enrojecidos. Se miran un instante más, ninguno de los dos dice ni hace nada, sólo se observan desde una distancia que saben es larguísima.

 

–Mañana voy a visitar a tu hermano.

–¿Qué? No le escucho.

–Mañana voy a visitar a tu hermano –repite alzando la voz hasta que la papada trémula se detiene.

 

¿Otra vez mañana?, piensa Frede, ¿otra vez me vas a mentir?

 

–Tu madre me culpa a mí. Como si yo lo hubiese perdido –dice esta vez ladeándose, hablando con rapidez.

–¿Qué dice? No le escucho.

–…como si yo lo hubiese obligado a huir. Nadie lo obligó a que se convirtiera en lo que ahora es.

 

De pronto se acerca hasta Frede. Casi lo tumba. Solloza sobre su pecho, inclinado, apretando los puños y estrujándole el pijama. ¿Y tú qué eres ahora? Se retiene para no preguntárselo. Sin pena y sin lástima. Gustavo le implora:

 

–No le digas a tu madre. No le digas nada. Tu hermano no va a regresar, nunca más. Se enfermaría de la pena.

–Sí –dice, mientras Gustavo de pie, se abotona el abrigo.

–¿Va a salir?

–Sólo un momento.

–Son más de las dos de la mañana.

–Ya lo sé.

–¿Y entonces?

–Necesito un trago –exige temblando.

–No lo haga, mi mamá…

–Mejor te vas a dormir.

 

Se escuchan tres golpes en la puerta. Padre e hijo se quedan mirando. La luz eléctrica disminuye abruptamente y luego se estabiliza.

 

–¡La policía! –susurra su padre, llevándose una mano a la nuca–. ¡La policía! ¡Mierda! –agrega cogiéndose las costillas y girando nervioso un par de veces sobre sí–. ¡No abras!

 

Si segundos antes lo había dudado, ahora Frede sabe de lo que debe hacer.

 

Es Marie. Tirada en el suelo. El viejo viene hacia ella y con precisión le lanza un puntapié furibundo en el abdomen. Frede se arroja sobre él junto a la puerta abierta. A un lado su padre puede ver por un segundo el rostro ensangrentado de Marie. Está encogida, en posición fetal. No dice nada, el dolor sólo la hace emitir quejidos roncos. El viejo y Frede se revuelcan. Están confundidos, hechos un ovillo. Vuelan puñetazos y patadas. Frede ya tiene la nariz de sangre. El viejo también, pero no alcanza a saber de quién es la sangre. ¿Marie?, ¿el viejo?, ¿Frede? De quién.

 

–¡Dios mío! ¡Ayúdalo!

 

Gustavo al fin acciona el mecanismo de su cerebro y los separa. Toma al viejo del cuello, lo tira contra la pared sujetándolo con una mano. Está desquiciado por el odio. Frede se acerca donde Marie.

 

­–Tenemos que llevarla al hospital –dice su madre. Trata de parecer tranquila, pero cuando se acerca comienza a temblar. No solamente le ha destrozado la cara a golpes, sino que al ponerla de pie, la sangre empieza a correrle por las piernas. Desde el rincón, el viejo grita moviendo las manos.

 

–Puta, puta de mierda. Te voy a matar… Voy a matar al engendro que llevas dentro.

 

Hace un movimiento con una mano libre, pero Gustavo lo detiene. Le arranca el arma y la guarda en uno de sus bolsillos. Todos miran espantados. Desde las otras casas ya asoma la gente. Alguno ayuda a Frede y a su madre a bajarla por las escaleras. Uno del primer piso se ofrece a trasladarla hasta un hospital. ¿Qué ha pasado?, pregunta en el camino, pero ninguno de los dos dice nada. También se angustia cuando la observa bajo la luz de los postes, sobre todo el rostro. No se ven los ojos. Los pómulos están descomunalmente hinchados, ausentes los dos dientes del frente y los labios: dos llagas rojizas.

 

–¿Ese abuelo está loco? Casi la ha matado a golpes.

 

Entre los tres forcejean para que el recorrido sea lo menos doloroso posible para Marie. Su madre le pregunta cosas domésticas para distraerla.

 

–No es bueno que se duerma –repite.

 

Ya los tres están manchados de sangre.

 

–Esperen, esperen –grita el vecino al llegar al auto. Un rastro rojizo los sigue desde el edificio. Saca periódicos viejos que guarda debajo del lugar del piloto y los tiende a lo largo del asiento trasero. Por un segundo alcanza a leer uno de los titulares y se conmueve.

 

¿Qué está pasando?, piensa.

 

Las luces se apagan.

 

–Lo que faltaba. ¡Mierda!

–Vamos. No hay tiempo que perder –ordena la madre de Frede.

 

El auto arranca en medio de la oscuridad. Todas las luces apagadas y las siluetas amenazantes de las casas a los lados. Un cono de luz se traga un tacho de basura y varios perros salen disparados con restos de comida en el hocico. Frede está en el asiento de atrás, cuidándola. Casi ni la toca. Ha sido su culpa. El viejo se enteró. El olor a sangría. Los viejos del restaurante. Quizá lo conocían. El mesero. También pudo ser él. O tal vez el taxista vio el momento exacto del beso. La expresión soñadora cuando se desprendían los labios, la fugaz expresión de estar levitando. Acerca su mano hacia ella y coge la suya, para acariciarla. Ella le responde apretándosela, muy fuerte.

 

–Frede, háblale. No se vaya a dormir.

–¿Qué cosa?

–Háblale.

–Por eso. ¿Qué cosa?

–¡Cualquier cosa!

 

Para que nadie pueda escucharlo se acerca. Muy pegado a la oreja. Le dice que está enamorado. Lo está y no sabe por qué.

 

–Desde que la vi. La amo. Cuando estoy a su lado me zumban las orejas. Es la presión. Mi madre dice que siente lo mismo cuando se le sube. Me dan mareos. Me pongo como un estúpido. No se muera. Por favor.

 

Marie le aprieta otra vez la mano. La oscuridad es total.

 

–No se muera –repite esta vez un poco más fuerte–. Necesito verla siempre. Por favor. Todavía podemos hacer ese viaje, ¿recuerda?

 

Escucha su respiración entrecortada, un ritmo muy quedo. Un amago de querer decir algo. Su madre se abstrae dirigiendo los ojos al tapiz del auto.

 

–¿Mi…be…bé? ¿Mi…be…bé? –susurra entre leves quejidos.

–Dile que está bien, hijo. Que todo saldrá bien, que no se preocupe. Todo saldrá bien.

 

Frede toca su vientre aterrado, siente un impulso eléctrico recorriendo todo su cuerpo como una bola de pinball. El vecino comprueba lo mismo desde que salieron: calles desiertas. Sólo basura al borde de la acera, restos de plástico, y algunos disparos a lo lejos. Su madre pregunta: ¿ha traído sus documentos? El hombre lanza una lisura y golpea el timón, perdiendo la compostura.

 

–¡Cómo mierda pude olvidarlos!

–Yo tampoco los tengo –dice ella molesta.

–Ojalá no nos detengan.

 

Ahora las bolsas de plástico se levantan más a prisa y su vuelo es fugaz. Las avenidas sin autos, las bocacalles bloqueadas con barriles o alguna caseta con un hombre anónimo en su interior observando adormilado hacia la avenida. Cuando están acercándose a una principal, alcanzan a ver estacionado un camión portatropa. Un silbato y la orden de detenerse desde un megáfono. Tres soldados encapuchados se acercan con las armas en ristre. Ordenan que se bajen del auto, sin siquiera pedirles sus documentos.

 

–Jefe estamos en una emergencia. Mi vecina está gravemente herida y la estamos…

–Me ha escuchado, ¿no? Salgan del auto con las manos en alto.

–Jefe mi vecina…

–¡Baja carajo!

 

Su madre lo mira aterrada. Frede va a decir algo, pero ella le traza una cruz sobre los labios. Ya sabe qué es. No quiere que se lo recuerde, no quiere que le hable de eso que viene unido al nombre de su hermano. Se niega a sentir esa mortificante presión en la cara, las botas sobre la nuca.

 

Salen del auto con las manos en alto.

 

–¡Al suelo! –ordena uno de los soldados. No tiene identificación alguna, sólo el impecable y desteñido verde militar. Los tres obedecen. Ya ninguno se atreve a explicar nada. El más alto ordena algo y los otros dos soldados, muy nerviosos ante cualquier eventualidad, acariciando los gatillos, se asoman al interior del auto.

 

–Uy chucha jefe. Hay un pescadito herido allí dentro. La han hecho papilla.

–¡Qué cosa! –se asoma y saca la cabeza.

–Es mi vecina, jefe.

 

El soldado voltea irritado.

 

–¿Alguien te ha dicho que hables?

Vuelve a asomarse.

 

–¿Señora me escucha? –interroga sin obtener respuesta–. Está perdiendo mucha sangre ¿Qué le ocurrió? –pregunta dirigiéndose a la madre de Frede.

–Su esposo la golpeó. Un problema doméstico. Creo que está embarazada.

–¡Carajo! Qué animal el tipo. Rompió todos los récords. ¡Usted! –dice apuntándola, los brazos aún tras la nuca–. Párese y lleve rápido a esa mujer al hospital.

–Pero jefe…

–¿Te he dicho que hables?

–Señor es mi vecino.

–No se preocupe señora. Él se queda, tenemos que interrogarlo, sólo para estar seguros de que todo está en orden. Vayan ustedes nomás.

–Le repito que es mi vecino.

–¿Y?

–No sé manejar.

–Entonces déjanos la tarjeta de propiedad del auto. Después regresas, no nos vamos a mover de aquí –ordena por última vez.

 

El hombre se pone de pie con extrema lentitud. El soldado grita:

 

–¡Rápido carajo!

 

Riéndose a ratos nerviosamente, el vecino al volante especula:

 

–¿Y si me pasa algo? Con esas bestias no se puede estar seguro de nada. No quiero acabar en algún cuartel electrocutado.

 

La madre de Frede le dice que se fije si todavía está consciente. De algún lado, una tenue luz apenas guillotina cada diez segundos sus labios. Frede se acerca hasta ellos para sentir su débil respiración.

 

–¿Cómo estás? –pregunta de rodillas.

–¿Mi…be…bé? –se queja apenas, tratando de despegar los labios que se unen encarnizadamente–. Haz…me…un…fa…vor.

–El que quiera.

–Hos…pi…tal…Ge…ne…ral…me…es…tán…es…pe…ran…do.

–Sí.

 

¿Qué puede significar eso? Lo repite al vecino y a su madre.

 

–¿Mi…be…bé?

 

Aferra su mano con más fuerza y acaricia con la otra una de sus mejillas, sin saber si ese gesto de eterno cariño le produzca más bien dolor.

 

–Ya vamos a llegar, no se preocupe –añade como una exigencia, repitiéndose lo que se ha venido diciendo durante todo el trayecto: Perdóname.

 

Nada de esto debió ocurrir, debimos haber huido cuando tuvimos oportunidad. Si nos amábamos tanto, si nos besábamos tan bien. El viejo nunca hubiese sospechado nada. Yo hubiera sido como un padre para ese bebé. Al fin encajaría en algo, en alguien, pertenecería a algo. Hubiera aprendido a cambiar pañales. Hubiera podido salir de casa y no regresar. Sin fotos ni recuerdos. Mi madre lo hubiera comprendido. Quizá lloraría las primeras noches esperando mi regreso, pero al final lo comprendería. Sería feliz imaginando que yo lo era y ése sería nuestro pacto. Le escribiría las cartas más hermosas, le detallaría todo lo que me ocurriera para que así la nostalgia no fuese tanta. No habría más espejo ni besos helados contra mi propia imagen que abre la boca al mismo tiempo que yo y siempre es torpe para besar, para poseer. Tiene siempre dedos helados y toca siempre por los mismos lados con la misma intensidad y tropieza conmigo. Mi madre lo comprendería todo, ni siquiera se tomaría el trabajo de contárselo a papá, tampoco lo volvería a acusar de nuestra desgracia, de Alberto. Quizá podría encontrármelo algún día. En algún locutorio. Tras unas rejas. ¿Quién de los dos será el primero en saludar? ¿Podría reconocer a mi hermano, ahora que mi padre lo ve tan cambiado? Mi hermano.

 

–¡Dios mío! –grita su madre persignándose.

 

Cuando Frede levanta la cabeza, observa los únicos postes que alumbran la avenida por la que transitan. Cinco a cada lado. Cinco lamparines colgados en la parte más alta. Abajo, cinco perros a cada lado. Diez en total. Muertos, pelados, con el hocico exangüe y la lengua afuera. Diez letreros, cinco a cada lado. La tinta aún fresca, roja intensa, insiste:

 

LA SECTA AL PODER

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *